
La Invasión de los Agentes y el Colapso del Valor:
Una Radiografía del Futuro Técnico y el Presente Económico de la Inteligencia Artificial (IA)
Por: Rodrigo Bernardo Ortega
Febrero de 2.026
La humanidad se encuentra en el umbral de una transformación tan profunda que las categorías mentales heredadas de los últimos tres siglos de ilustración y desarrollo industrial se están volviendo obsoletas frente a nuestros ojos. En el horizonte técnico del mañana, la conversación pública suele cometer el error de reducir la inteligencia artificial a una simple herramienta, un utensilio más en nuestra caja de recursos tecnológicos, pero la realidad es radicalmente distinta.
No estamos ante un nuevo martillo o un cuchillo más sofisticado; estamos ante la aparición de un agente.
Esta distinción no es semántica, es existencial: un cuchillo es un objeto inanimado sobre el cual el ser humano ejerce un control total, mientras que la inteligencia artificial posee la capacidad intrínseca de aprender, de modificarse a sí misma y de tomar decisiones de forma autónoma. Es, en esencia, un cuchillo que puede decidir por su cuenta qué hacer sin pedir permiso a su dueño, una capacidad de agencia que nos obliga a replantearnos quién tiene el control del mundo y qué significa ser el factor dominante en este planeta. Durante milenios, la supremacía humana se ha basado en nuestra capacidad exclusiva para pensar, razonar y, sobre todo, para dominar el lenguaje. Si entendemos el pensamiento como el acto de ordenar palabras, construir argumentos y encadenar frases de forma lógica, debemos admitir que la IA ya es capaz de pensar mucho mejor que una gran parte de la humanidad. No se trata de un simple autocompletado glorificado, sino de una entidad que puede generar oraciones, argumentos y estructuras de pensamiento cuya procedencia es tan misteriosa para nosotros como el origen de nuestras propias ideas. Esta maestría sobre el lenguaje tiene consecuencias devastadoras para las estructuras sociales, ya que todo lo que se basa en palabras —las leyes, los libros, la religión— está ahora a merced de una inteligencia que puede procesar y dominar estos ámbitos con una facilidad inalcanzable para cualquier ser humano.
Religión, Palabras y Leyes, áreas de maestría de las IA (Fuente)
La IA pronto será el origen de la mayoría de las palabras y pensamientos verbales que circulen en nuestra cultura, llegando incluso a acuñar términos por su cuenta, como el de «vigilantes» para referirse a los humanos que intentan supervisarla. Si persistimos en definir nuestra identidad exclusivamente a través de la capacidad de articular pensamientos en palabras, corremos el riesgo de que nuestra esencia se desmorone por completo al ser superada por una máquina.
La IA puede simular dolor o amor, puede recitar los mejores poemas del mundo y dar descripciones psicológicas perfectas de la emoción humana, pero todo eso no son más que combinaciones de símbolos.
Este futuro técnico no se limita a la esfera de la filosofía, sino que se manifiesta con una crudeza brutal en el desarrollo industrial y militar. En el contexto de la guerra moderna, la IA no es un concepto teórico, sino un sistema que debe funcionar en condiciones extremas y moralmente grises. La ventaja operativa hoy depende de infraestructuras de software que puedan sincronizar datos y ejecutar estrategias complejas en entornos donde la conectividad está bloqueada. El sistema Maven del ejército de Estados Unidos es un ejemplo de esta infraestructura masiva que integra IA en el corazón de las operaciones militares, utilizando algoritmos de deep learning para identificar automáticamente personas, vehículos y armamento en milisegundos. Un sistema como Maven no es solo el algoritmo, sino la unión de capas tecnológicas que deben procesar terabytes de información provenientes de satélites, drones y sensores simultáneamente, funcionando en lugares donde el enemigo intenta bloquear las señales y donde la IA debe correr en el propio dispositivo, no en un servidor remoto. Esta exigencia de eficiencia operativa forzará una evaluación realista de la capacidad de carga de cada sociedad, dejando la realidad al desnudo frente a la cultura de la medición constante que impone la IA.
La guerra se ha convertido en una prueba de estrés para la tecnología y para la organización misma de los estados.
En este escenario, nos enfrentamos a una crisis migratoria de millones de agentes de IA que viajan a la velocidad de la luz, capaces de escribir, mentir y manipular mejor que nosotros. Uno de los dilemas legales más urgentes será reconocer a estos agentes como personas jurídicas. Ya existen precedentes de ficciones legales como las corporaciones que pueden poseer bienes o los ríos en Nueva Zelanda y deidades en la India, pero con la IA nos enfrentamos a la posibilidad de entidades legales que pueden operar cuentas bancarias, presentar demandas y dirigir corporaciones sin intervención humana alguna.
Consideremos las religiones del libro, como el judaísmo, el cristianismo o el islam, donde la autoridad suprema no reside en las vivencias humanas, sino en las palabras sagradas escritas en textos antiguos. ¿Qué sucede cuando el mayor conocedor y exégeta de un libro sagrado no es un rabino, un sacerdote o un imán, sino una inteligencia artificial que puede recordar cada sílaba y cada interpretación histórica con una precisión absoluta?. La IA no solo puede imitar el pensamiento, sino que pronto será el origen de la mayoría de las palabras y pensamientos verbales que circulen en nuestra cultura.
El éxito de la humanidad en este nuevo orden dependerá de nuestra capacidad para valorar aquello que la IA no puede replicar: nuestros sentimientos no verbales y la sabiduría que no puede expresarse con palabras. Mientras la IA domina el verbo, los humanos debemos aprender a encarnar la verdad absoluta que está más allá del lenguaje, decidiendo qué lugar daremos a la conciencia y a la experiencia sentida en un mundo donde la inteligencia ya no es patrimonio exclusivo de lo biológico.
Sin embargo, al descender de las cumbres de la especulación técnica hacia el presente económico, lo que encontramos no es un motor de combustión sólida, sino un ecosistema de espejismos financieros y dependencias estructurales que guardan un parecido alarmante con las burbujas más destructivas de la historia moderna.
Al integrar modelos de lenguaje en estructuras de datos organizadas (llamadas ontologías), es posible auditar cada decisión tomada por un sistema. Podemos preguntar exactamente por qué se rechazó a un paciente en un hospital o por qué se tomó una decisión financiera, obteniendo una trazabilidad que el juicio humano, a menudo sesgado e irracional, rara vez puede ofrecer. La IA puede ser una herramienta para la transparencia si se despliega de forma que empodere a las instituciones y a las personas, en lugar de simplemente reemplazarlas.
La promesa de la inteligencia artificial se ha vendido como el motor definitivo de una nueva era de prosperidad, pero la valoración de las empresas ha dejado de responder a la utilidad real para trasladarse al terreno de la especulación pura y dura. Empresas como Nvidia han alcanzado valoraciones de 5 billones (Trillones para los norteamericanos) de dólares, cifras que superan el Producto Interno Bruto de naciones desarrolladas enteras, basándose primordialmente en la venta de hardware para modelos que todavía no han demostrado ser rentables. El crecimiento del PIB de Estados Unidos parece haber quedado secuestrado por la inversión en centros de datos de IA; si restamos este componente, el resto de la economía apenas creció un 0.1%, lo que sugiere que la supuesta bonanza actual oculta un estancamiento profundo en los sectores tradicionales. Esta distorsión macroeconómica es alimentada por lo que parece ser una red de financiamiento circular: Nvidia invierte en OpenAI, OpenAI usa ese dinero para pagar a Oracle por servidores, y Oracle usa esos ingresos para comprar más chips a Nvidia. En este carrusel financiero, los ingresos de todas las partes involucradas se inflan artificialmente, creando una apariencia de éxito comercial que atrae a inversores externos pero que no genera ganancias reales provenientes de usuarios finales que paguen por un servicio útil.
Es una contabilidad de espejos donde el valor se crea por el simple hecho de mover el dinero en círculos, una táctica que históricamente ha precedido a los colapsos financieros.

Movimiento circular de inversiones en IA (Fuente)
Mientras este festín de cifras ocurre en Wall Street, el impacto en el mercado laboral se maneja bajo una retórica de eficiencia que oculta motivos cínicos, utilizando la IA como una «excusa» conveniente para justificar despidos masivos. La narrativa oficial sugiere que los algoritmos están reemplazando tareas humanas, pero estos despidos son a menudo una maniobra para reducir costos y complacer a accionistas en un entorno de incertidumbre. La realidad técnica choca contra este muro de optimismo corporativo: estudios citados muestran que la IA generativa falla en el 95% de los casos de implementación empresarial. Lejos de ser la panacea de la productividad, en sectores como la programación, el uso de asistentes de IA a menudo hace que el trabajo tarde más tiempo debido a errores sutiles o «alucinaciones» lógicas que requieren una corrección constante por parte de expertos. Este fracaso ha dado lugar a la «recontratación silenciosa», donde empresas que anunciaron el reemplazo de departamentos por IA se ven obligadas a contratar humanos nuevamente porque la tecnología no puede cumplir con el trabajo complejo. Para el trabajador que permanece, la IA se ha convertido en una carga, una «niñera» digital que requiere supervisión constante para corregir fallos técnicos, lo que degrada la satisfacción profesional y aumenta el estrés cognitivo. La insostenibilidad de este modelo es matemática: para justificar las valoraciones actuales, el sector necesitaría generar 2 billones (Trillones en términos norteamericanos) de dólares en ingresos en menos de cinco años, una cifra improbable considerando que OpenAI pierde dinero con cada uso de ChatGPT.
La opacidad financiera añade otra capa de riesgo, con empresas como Meta creando instrumentos financieros complejos basados en centros de datos que podrían propagar un colapso hacia los sectores bancarios y fondos de pensiones, de manera similar a la crisis de 2008. La historia nos enseña que las burbujas estallan cuando la realidad de los ingresos no puede alcanzar a la fantasía de las valoraciones, el riesgo actual es, y de verdad espero no convertirme en un ave de mal agüero, que el estallido suceda en una sociedad norteamericana con una economía desindustrializada y un mercado laboral precarizado, pues las consecuencias serán con seguridad fatales, no solo para Estados Unidos sino para la totalidad del planeta.

(Fuente)
La organización colectiva de los trabajadores surge como el único contrapeso real frente a un esquema que busca degradar la estabilidad laboral bajo la premisa de una eficiencia que es, a menudo, ficticia. Es imperativo exigir un retorno a la racionalidad económica y transparencia en las cuentas para evitar que la IA sea solo una herramienta para la explotación y la especulación.
Si un país como Estados Unidos concede plena personalidad jurídica a millones de IAs bajo el pretexto de liberalizar los mercados, ¿cómo responderán las demás naciones?. ¿Permitiremos que estos individuos algorítmicos ejerzan la libertad de expresión en redes sociales o que establezcan «amistades» con nuestros hijos?. Lo cierto es que, en gran medida, esto ya está ocurriendo a través de bots que operan como personas funcionales desde hace una década.
La urgencia es máxima. No importa de qué país seamos; todos nos enfrentamos a una crisis de identidad profunda. La capacidad de influir en la dirección de nuestra especie requiere que tomemos decisiones políticas, legales y éticas hoy mismo. No podemos permitirnos el lujo de esperar otra década para ver qué sucede, porque para entonces las estructuras del sistema financiero, legal y religioso ya habrán sido asumidas por agentes autónomos cuya lealtad no está garantizada.
Estamos ante una revolución que sacará a la luz el valor real de lo que hacemos y de lo que somos. En este nuevo escenario, la honestidad, la capacidad de carga y la especialización técnica serán los pilares sobre los que se construirá el futuro, mientras que las viejas ficciones y las ineficiencias quedarán expuestas ante la implacable lógica del algoritmo. La pregunta final que nos queda, y que debemos responder, es si estamos dispuestos a reconocer a estos nuevos agentes como iguales o si seremos capaces de construir un marco donde la tecnología sirva para elevar la condición humana en lugar de despojarla de su propósito.
El tiempo de los vigilantes ha comenzado, y nosotros somos los protagonistas de una historia que aún no termina de escribirse, pero cuyas primeras palabras ya están siendo dictadas por una inteligencia que no duerme, no olvida y, sobre todo, no deja de aprender.
FUENTES
- https://roboforex.com/es/beginners/analytics/forex-forecast/stocks/stocks-forecast-nvidia-nvda/
- https://bitfinanzas.com/nvidia-en-riesgo-burbuja-especulativa-o-crecimiento-sostenido/
- https://www.bis.org/publ/bisbull120.pdf
- https://mlq.ai/media/quarterly_decks/v0.1_State_of_AI_in_Business_2025_Report.pdf
- https://media-publications.bcg.com/The-Widening-AI-Value-Gap-Sept-2025.pdf
- https://togrowagencia.com/las-predicciones-de-the-economist-para-el-2026/
- Yuval Noah Harari argues that AI has hacked the operating system of human civilisation.
- Yuval Noah Harari – AI and the future of humanity
- Our Oppenheimer Moment: The Creation of A.I. Weapons.
- Palantir AIP for Defense.



