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            Guerra en Ucrania:

            Por qué la manipulación mediática es el mayor obstáculo para una paz viable

            Por: Rodrigo Bernardo Ortega
            Marzo de 2.026

            La tragedia que hoy consume a Ucrania no es un evento fortuito ni un estallido de maldad repentina, sino el resultado previsible de décadas de decisiones políticas erróneas y una manipulación mediática sistemática que ha preferido la confrontación a la seguridad colectiva. Para comprender cómo llegamos al borde de una posible guerra nuclear y al desmoronamiento del orden internacional, es imperativo desmantelar la narrativa simplista de «buenos contra malos» que domina el discurso occidental. Esta historia comienza verdaderamente al final de la Guerra Fría, un momento de esperanza en el que se pudo haber construido una arquitectura de seguridad europea inclusiva, un «hogar común» que integrara a Rusia en lugar de alienarla. En 1990, durante las negociaciones para la reunificación alemana, líderes como Helmut Kohl y Hans-Dietrich Genscher aseguraron a Mijaíl Gorbachov que la OTAN no se expandiría «ni una pulgada» hacia el este. Este compromiso fue la base sobre la cual la Unión Soviética aceptó una Alemania unida, entendiendo que su propia seguridad no se vería amenazada por el avance de una alianza militar hostil hacia sus fronteras. Sin embargo, esta promesa fue traicionada casi de inmediato por un triunfalismo estadounidense que, imbuido de la idea de ser la única superpotencia, buscó no la paz, sino la hegemonía global.

            Eduard A. Shevardnadze (derecha) saluda a Hans-Dietrich Genscher (izquierda) y Helmut Kohl (en el centro) a su llegada a Moscú el 10 de febrero de 1990, durante las negociaciones para la unificación alemana. Foto: AP Photo

            Durante la década de 1990, mientras figuras como Jeffrey Sachs asesoraban a Polonia y Rusia en su transición económica, quedó claro que Occidente tenía agendas muy distintas para cada uno: mientras a Polonia se le brindó apoyo para estabilizarse, a Rusia se la dejó sumirse en una crisis profunda, demostrando un desinterés deliberado por su estabilidad interna. En este contexto, la doctrina estadounidense, articulada por estrategas como Zbigniew Brzezinski, veía a Rusia no como un socio, sino como una potencia que debía ser reducida a una categoría de tercer nivel, incluso sugiriendo su fragmentación en múltiples estados confederados para asegurar que nunca volviera a desafiar el dominio de Washington. Esta mentalidad de «juego de suma cero» impulsó el inicio de la expansión de la OTAN en 1993, ignorando las advertencias de diplomáticos veteranos como George Kennan, quien predijo en 1998 que este movimiento provocaría una reacción defensiva rusa que los defensores de la expansión usarían luego para justificar más agresiones, creando un círculo vicioso de hostilidad.

            El punto de inflexión definitivo ocurrió en la cumbre de la OTAN en Bucarest en 2008, cuando, bajo una presión imprudente de la administración de George W. Bush, la alianza prometió que Ucrania y Georgia se convertirían en miembros. Esta decisión fue tomada a pesar de la intensa resistencia inicial de líderes como Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, quienes comprendían perfectamente que para Moscú esto representaba cruzar la línea roja más peligrosa de todas, una «declaración de guerra» en términos de seguridad estratégica. Merkel, aunque consciente del desastre que esto desencadenaría, terminó cediendo a las demandas estadounidenses, un error que marcaría el inicio de la inestabilidad crónica en la región. Desde ese momento, Ucrania dejó de ser vista como un puente entre Oriente y Occidente para ser utilizada como un estado de primera línea contra Rusia, ignorando que solo una minoría de los ucranianos apoyaba en aquel entonces la entrada en la OTAN.

            La crisis se agudizó dramáticamente en febrero de 2014 con el golpe de Estado en el Maidán, un evento presentado por los medios occidentales como una «revolución democrática», pero que en realidad fue el derrocamiento violento de un presidente elegido democráticamente, Viktor Yanukóvich, quien buscaba mantener la neutralidad del país. Este golpe, respaldado activamente por Estados Unidos, violó la propia constitución ucraniana y el acuerdo de paz que ministros de Francia, Alemania y Polonia habían firmado apenas 24 horas antes. Al reconocer inmediatamente al nuevo gobierno golpista, las potencias occidentales dinamitaron la legalidad internacional y provocaron la resistencia en regiones como el Donbass, donde la población se negó a aceptar la legitimidad de las autoridades impuestas en Kiev. En lugar de fomentar el diálogo, el nuevo régimen, con el apoyo de agencias de inteligencia occidentales, inició una campaña militar contra su propio pueblo y comenzó a purgar elementos de la cultura y el idioma rusos, exacerbando las divisiones internas que llevarían a una guerra civil prolongada.

            Protestas y barricadas en las calles de Kiev en febrero de 2014. Foto: Louisa Gouliamaki( AFP)

            A pesar de los intentos de pacificación mediante los Acuerdos de Minsk en 2014 y 2015, que establecían autonomía para el Donbass dentro de Ucrania, estos compromisos fueron saboteados sistemáticamente. Años más tarde, la propia Angela Merkel admitiría que estos acuerdos no fueron firmados con la intención de alcanzar la paz, sino como una estratagema para ganar tiempo y permitir que Ucrania se rearmara para un conflicto a gran escala. Esta traición diplomática cerró las puertas a una resolución pacífica y reforzó la percepción en Moscú de que Occidente no era un socio fiable, sino un adversario decidido a utilizar a Ucrania como una herramienta para debilitar a Rusia. Para 2021, la firma de la Carta de Asociación Estratégica entre Estados Unidos y Ucrania convenció finalmente al liderazgo ruso de que se enfrentaban a una amenaza existencial inminente: o atacaban para restaurar la neutralidad ucraniana o serían atacados eventualmente desde ese territorio.

            Cuando la invasión rusa comenzó en febrero de 2022, la maquinaria mediática occidental ya estaba lista para imponer una narrativa de «invasión no provocada», borrando convenientemente décadas de provocaciones y advertencias ignoradas. Los medios de comunicación dejaron de informar de manera objetiva para convertirse en «guerreros de la información», demonizando a Rusia como el «mal absoluto» y comparando a sus líderes con figuras históricas del mal para movilizar el apoyo público a una guerra interminable. Esta simplificación es peligrosa porque, como advirtió Walter Lippmann, una vez que el público cree que se enfrenta a la maldad pura, cualquier intento de compromiso se etiqueta como «apaciguamiento» y la diplomacia se criminaliza. De hecho, en las primeras semanas del conflicto, cuando Zelenski mostró disposición a negociar la neutralidad de Ucrania en Estambul, el proceso fue saboteado por actores externos como el entonces primer ministro británico Boris Johnson, quien argumentó que no se podía permitir una paz que amenazara la hegemonía occidental.

            Conversaciones de paz entre las delegaciones de Rusia y Ucrania en Estambul, el 29 de marzo de 2022. Foto: GETTY

            Esta insistencia en la «victoria total» y en «debilitar a Rusia» ha tenido consecuencias humanas devastadoras, sacrificando a cientos de miles de ucranianos en una guerra que, según diversos analistas, no puede ganarse militarmente. Mientras tanto, la cobertura mediática ha ocultado las pérdidas reales del ejército ucraniano y ha ignorado la brutalidad de la conscripción forzosa, todo bajo el lema hipócrita de «apoyar a Ucrania». La realidad es que este conflicto ha acelerado el declive sistémico de Europa, que ahora enfrenta una crisis económica profunda y una fragmentación política al haber roto sus vínculos con Rusia, una potencia con la que tiene una complementariedad económica natural. Lejos de aislar a Rusia, las sanciones y la beligerancia occidental han empujado a Moscú hacia una alianza estratégica con China e Irán, consolidando un mundo multipolar donde el 85% de la población mundial observa con escepticismo y rechazo el acoso hegemónico de Washington.

            La propaganda política ha jugado un papel crucial en este proceso, explotando el instinto humano de dividir el mundo entre «nosotros» y «ellos». En las democracias liberales, este manejo de las masas es incluso más sofisticado que en los regímenes autoritarios, ya que se canaliza a través de organizaciones no gubernamentales y medios supuestamente independientes que «blanquean» los mensajes del Estado para hacerlos parecer creíbles. Se ha creado un lenguaje dual donde nuestras acciones son «relaciones públicas» y las del adversario son «propaganda», donde nuestra violencia es necesaria y la suya es criminal. Esta incapacidad de siquiera debatir las preocupaciones de seguridad del otro lado es lo que impide una «paz viable» y nos arrastra hacia una escalada que podría terminar en un intercambio nuclear en el que todos perderíamos.

            Es fundamental reconocer que la seguridad internacional no es un juego donde uno gana y el otro pierde, sino un sistema de interdependencias donde los esfuerzos de un país por mejorar su seguridad no deben disminuir la de los demás. Si no somos capaces de ponernos en el lugar del oponente, de entender por qué una potencia nuclear percibe una amenaza existencial al ver bases militares extranjeras en su frontera, estamos condenados a repetir los errores que llevaron a las guerras mundiales del siglo XX. La Primera Guerra Mundial, por ejemplo, terminó en una paz humillante para Alemania que solo sentó las bases para un conflicto aún mayor, una lección que hoy parecemos haber olvidado en nuestro afán por castigar y debilitar al «enemigo malvado». La diplomacia idealista, cuando se transforma en fanatismo y divide a los estados en «amantes de la paz» y «belicosos», solo conduce a la destrucción mutua.

            Porpaganda antialemana: “Destruye a este bruto loco” . foto: GETTY

            Hoy, Ucrania se enfrenta a un desastre humanitario y estratégico sin precedentes, mientras el sistema internacional basado en el derecho se desintegra. El futuro de la ONU es incierto y la arquitectura de seguridad paneuropea ha colapsado por completo. Sin embargo, todavía hay caminos hacia una paz viable si abandonamos los delirios de hegemonía y aceptamos la realidad de un mundo multipolar donde el respeto mutuo y la neutralidad de estados fronterizos como Ucrania sean la norma y no la excepción. Europa debe liberarse de su «rusofobia patológica» y entender que su prosperidad depende de la seguridad colectiva del continente, no de ser un vasallo de los intereses estratégicos de una potencia lejana. La alternativa es seguir alimentando una guerra prolongada que solo beneficia a quienes ven el mundo como un tablero de ajedrez, ignorando las vidas humanas y el futuro de la civilización que se desvanecen en las trincheras.

            FUENTES:

            • https://www.akal.com/libro/la-guerra-de-ucrania-y-el-orden-mundial-euroasiatico_53875/

             

             

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