
Otro mundo era posible:
La oportunidad histórica que Washington le negó a Irán.
Por: Rodrigo Bernardo Ortega
Octubre de 2.026
Para el historiador Eric Hobsbawm, el «corto siglo XX» llegó a su desenlace en 1991 tras la caída del Muro de Berlín, marcando así el colapso definitivo del mundo bipolar que definió la Guerra Fría. Estados Unidos, erigida como la superpotencia triunfante, había cimentado su imperio económico, político y cultural apoyándose en la narrativa constante de la amenaza soviética. Bajo la sombra de ese peligro, cualquier acción resultaba justificable: las intervenciones encubiertas, la escalada armamentística, los golpes de Estado, la proliferación de bases militares en protectorados, la hegemonía del patrón dólar, la imposición de reformas estructurales y un larguísimo etcétera. De pronto, el gigante se había quedado sin su enemigo histórico; un vacío que llevó a los expertos a vaticinar la transición hacia un mundo multipolar y el definitivo «fin de la historia». Sin embargo, sabemos bien que el guion fue distinto. Para garantizar su supervivencia y perpetuar su estatus como potencia hegemónica, el Imperio estadounidense necesitaba imperiosamente de nuevos adversarios. Fue así como, bajo esta lógica de necesidad, se inauguró la Guerra contra el Terrorismo, la cual adolecía de una narrativa.
El sustrato ideológico llegó el verano de 1993, no sin cierta soberbia, cuando Samuel Huntington articuló un modelo global en un ensayo para la influyente revista Foreign Affairs, titulado «¿El choque de civilizaciones?». Huntington dibujó la cartografía de un mundo atemorizado y profundamente dividido, no por la economía o la competencia por los mercados globales, sino por un término vago de su propia cosecha: las «identidades civilizatorias». En este mundo destinado al conflicto, imaginó un futuro en el que las luchas entre siete u ocho «civilizaciones» distintas representarían amenazas para Occidente.

[Ensayo de Huntington, Amazon]
Al diseccionar la propuesta de Huntington en las páginas de The Nation, Edward Said advirtió de inmediato que la fijación con el conflicto entre el Islam y Occidente absorbía la mayor parte de su arquitectura teórica. Said demostró, además, cómo Huntington había bebido del trabajo del «veterano orientalista» Bernard Lewis, cuya islamofobia explícita ya resplandecía sin matices en el título de su célebre ensayo de 1990: Las raíces del furor musulmán.
Bajo la mirada de Huntington, las «civilizaciones» quedan congeladas como entidades aisladas, despojadas deliberadamente de las corrientes y contracorrientes que oxigenan la historia humana —esas mismas dinámicas que, durante siglos, permitieron contener las guerras de religión y tejer procesos profundos de polinización cruzada e intercambio. En este pensamiento marcadamente absolutista, retardatario, racista y reduccionista, cada civilización es erigida como un monolito inamovible. Y un monolito se transforma con enorme facilidad en la figura de un enemigo perfecto: la coartada ideológica idónea para camuflar guerras de agresión y de expolio de recursos tras el velo narrativo de un inevitable choque cultural entre el mundo occidental y el islámico.
De este melieu nace el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano (Project for the New American Century, PNAC), fundado en 1997 por los pensadores de derecha William Kristol y Robert Kagan. El PNAC sostenía que Estados Unidos debía utilizar su poder para moldear el mundo y promover sus intereses a nivel global, recurriendo a medios militares si fuera necesario, con simpatizantes de alto perfil, entre ellos el secretario de Defensa de EE. UU., Donald Rumsfeld; su subsecretario, Paul Wolfowitz; John Bolton, Dick Cheney, Richard Perley, y el que fuera presidente de Estados Unidos George Bush Jr.
En cartas abiertas a Clinton y a los líderes republicanos del Congreso el año siguiente, el grupo pidió «la destitución del régimen de Saddam Hussein del poder» y un cambio hacia un Estados Unidos más asertivo. política en el Medio Oriente, incluido el uso de la fuerza si es necesario para derrocar a Saddam. Y en un informe publicado justo antes de las elecciones de 2000 que llevarían a Bush al poder, el grupo predijo que el cambio se produciría lentamente, a menos que hubiera «algún acontecimiento catastrófico y catalizador, como un nuevo Pearl Harbor».
Ese evento ocurrió hace 25 años, el 11 de septiembre de 2001. En ese momento, Cheney era vicepresidente, Rumsfeld era secretario de Defensa y Wolfowitz su adjunto en el Pentágono. Tras los ataques, el país se embarcó en un proyecto de dos décadas para combatir el nebuloso terrorismo y reconfigurar el Medio Oriente. Aunque inicialmente logró derrocar a los talibanes, la sobreextensión militar y la invasión de Irak, justificada con inteligencia deficiente, transformaron estas intervenciones en guerras desgastantes que desviaron la atención nacional y culminaron, años después, con el regreso del Talibán al poder en Afganistán.
Lo cual nos trae a Irán. En 1997 había sido elegido presidente Mohammad Jatami, un respetado clérigo chií, con una sólida formación mixta (religiosa y secular). Gracias a una imagen moderada, tolerante y progresista, su candidatura atrajo un respaldo masivo por parte de una población joven, profesional y urbana, logrando el 69,6% de los votos. Su triunfo, frente al candidato conservador Nateq-Nouri, generó grandes esperanzas de democratización frente al riguroso autoritarismo de la República Islámica. Su programa político prometía mayor libertad de expresión, respeto por los derechos fundamentales y una apertura cultural, aunque sin cuestionar estructuralmente el sistema político de los Ayatolás.
Jatami inició una era de diálogo y diplomacia buscando romper el aislamiento que el país venía sufriendo desde la Revolución Islámica en 1979. En 1998, lanzó un histórico mensaje a Estados Unidos para iniciar un «diálogo de civilizaciones», idea contraria al pensamiento de Huntington,lo que consiguió una tibia y condicionada respuesta por parte de la administración Clinton y un aligeramiento simbólico de las sanciones. Además, su gobierno se distanció formalmente de la fatwa (condena a muerte) dictada contra el escritor Salman Rushdie, lo que permitió restablecer relaciones diplomáticas plenas con varios países europeos, especialmente con el Reino Unido.

[Jatami siste a una festividad de la comunidad judía en Teherán en 2004, Fuente ]
Con Jatami en el poder, inmediatamente después del 11-S, Irán colaboró con la administración de George W. Bush para derrocar al régimen talibán en Afganistán, y la población iraní mostró una gran solidaridad y simpatía hacia las víctimas estadounidenses.
Sin embargo, Estados Unidos, ignorando cualquier acercamiento diplomático, incluyó al país en el «Eje del Mal» (2022) invalidando el proyecto diplomático del mandatario. Se desacreditó por completo al bando reformista que había impulsado el diálogo y fortaleció a los líderes de la línea dura. Ésto marcó el inicio del cambio de trayectoria de las relaciones iranies-estadounidenses.

[Discurso “Eje del Mal” 2002, Fuente]
Ante este desplante, Iran insistió en buscar la reducción de fricciones. Incluso se mantuvieron conversaciones secretas durante 18 meses, y en 2003 Irán envió una propuesta integral para negociar sobre su programa nuclear y el terrorismo, pero la administración Bush la descartó por completo, considerándola solo un globo sonda. Figuras conservadoras influyentes como Mohsen Rezaie señalaron que existía un «momento dorado» para resolver las diferencias, pero advirtieron que si EE. UU. optaba por medidas severas, habría graves consecuencias.
Como no es de extrañar, este rechazo estadounidense tuvo un impacto negativo directo en la política interna de Irán. Sumado al desgaste interno, la nueva actitud de abierta hostilidad de Estados Unidos, certificó el fracaso de su experimento reformista, marcando el fin de su ciclo con el retorno de los conservadores y la victoria del fundamentalista Mahmoud Ahmadinejad en 2005.
La victoria de Ahmadinejad no fue, por tanto, un simple capricho de la política interna iraní, sino el daño colateral directo de la miopía geopolítica de Washington. Al rechazar la mano tendida de Jatami y boicotear su «diálogo de civilizaciones», Estados Unidos demostró que el paradigma de Huntington no era un análisis objetivo de la realidad, sino un manual de instrucciones. La administración Bush, secuestrada por la visión imperial del PNAC, prefirió la rentabilidad política e industrial de tener un enemigo claro antes que asumir la complejidad de construir la paz.
De este modo, la narrativa del «choque de civilizaciones» se convirtió en una profecía autocumplida. En su desesperado intento por justificar la pervivencia de su maquinaria hegemónica tras la Guerra Fría, la superpotencia desperdició una oportunidad histórica dorada para redibujar el mapa de Medio Oriente desde la diplomacia. Al hacerlo, no sólo aniquiló a las fuerzas moderadas en la región, sino que terminó alimentando y validando los extremismos que juraba combatir; un legado de fractura y hostilidad constante cuyas consecuencias siguen dictando el pulso geopolítico de nuestro presente, y que años más tarde, llevarían a la actual guerra y al estrecho de Ormuz bloqueado.
Fuentes:
- The Century of Eric Hobsbawm | TheIdeasLetter
- El fin de la historia y el choque de civilizaciones | Diario las Américas
- A Clash of Civilizations Is Wrongheaded | Arab News
- We Need to Bury the “Clash of Civilizations” Theory for Good | Jacobin
- 9/11: The beginning of the end of the American Century | ABC News
- Project for the New American Century | BBC News
- Were 1998 Memos a Blueprint for War? | ABC News
- What if the US Had Made Peace With Iran After 9/11? | Stimson Center
- How Sept. 11 Paved the Way to Mideast Power for Iran | The New York Times
- David Frum: The Enduring Lessons of the ‘Axis of Evil’ Speech | The Atlantic
- Lessons From 9/11 and Its Aftermath | Council on Foreign Relations
- Mohammad Jatami | CIDOB,
- Judíos iranís en el régimen de los ayatolás | el Periódico
- ¿Quiénes son los reformistas? | BBC News Mundo



